El jueves 22 de marzo, mi amigo y yo decidimos ir al templo
de Srila Harijan Maharaj para hacer la etnografía que nos habían dejado en la
clase de Investigación Social. En este templo, ubicado por Profamilia, se
reúnen diariamente a las 6:30 de la tarde para rendir culto a su deidad. Ambos
vivimos en Chía entonces nos encontramos para ir juntos. Fuimos en Transmilenio
y durante el viaje me puse a pensar en los prejuicios que teníamos acerca del
tema de la etnografía y que Cobos nos había pedido que debíamos identificar.
Francamente me di cuenta de que no sabía mucho sobre este
tema y que siempre terminaba relacionando la religión hindú con India, aunque
es evidente que cualquier persona de cualquier país puede profesar esta
religión, sin embargo, generalizando lo asocio con este país, por lo que se me
venían a la mente un montón de ideas acerca de la desigualdad económica y
social que se vive allí y cómo son tratadas las mujeres o los homosexuales en
muchas partes de India. Fue imposible no pensar en los casos de violaciones a
mujeres que se dan en este país, los cuales muchas veces quedan impunes, no muy
diferente a nuestro país en este aspecto. En definitiva, no sabía muchas cosas
del tema puntual de mi etnografía, sin embargo, por todo esto pensé que iban a
haber diferencias en este templo entre cómo me trataban a mí y cómo, a mi
amigo. Otro prejuicio que tenía es quizás el producto del etnocentrismo
occidental, en dónde comúnmente nos enseñan que las otras culturas son menos
civilizadas y que es algo lejano a nosotros.
Finalmente llegamos con unos cuantos minutos de antelación.
Un joven al vernos un poco desorientados se acercó a preguntarnos en qué nos
podía colaborar. Le comentamos lo que teníamos que hacer y él dijo que no había
ningún problema, aunque nos solicitó que no tomáramos fotos ya que para eso se
necesitaba una carta de la Universidad. Luego mi amigo y yo observamos unas
cosas de la infraestructura del lugar y nos dimos cuenta de que tenían objetos
alusivos a algunos animales como los elefantes o los pavos reales. El elefante
para los hindúes simboliza “el que abre los caminos” o un “destructor de
obstáculos” y el pavo real es el ave nacional de India y simboliza la belleza,
la sabiduría e incluso la inmortalidad.
Después de esto el muchacho que nos atendió al principio se
volvió a acercar para contextualizarnos un poco del lugar y de la religión como
tal. Nos contó que él era un estudiante universitario como cualquier otro, pero
que había nacido dentro de esta filosofía. Nos mostró unos libros importantes
para ellos y nos comentó que una de las cosas que ellos siguen es el
vegetarianismo y que este templo es el hogar de muchos creyentes. De igual
forma, nos dijo que en realidad lo que ellos buscaban era la espiritualidad y
alejarse un poco del mundo exterior que puede llegar a ser tan superficial.
Mientras que nos estaba comentando esto, sonó una caracola, lo que indicaba que
ya iba a comenzar la ceremonia.
Nos pidió que nos quitáramos los zapatos y procedimos a
entrar. Era un cuarto pequeño con tapetes, en los que nos debíamos parar, y que
tenía dos altares, uno principal hacia el que todos estaban mirando y otro en
la parte de atrás. De igual forma, en las paredes había imágenes de algunas
deidades. Los que ya son parte de la religión, al entrar hacían una reverencia.
Había un muchacho en el piso que estaba tocando un armonio hindú, que es un
tipo de piano pequeño mezclado con un acordeón. Luego de un rato, las personas
comenzaron a cantar en lo que supongo que es sánscrito y nos pasaron un libro
para que siguiéramos la letra, sin embargo, yo no entendía nada y me perdía muy
fácil tratando de seguir las canciones. Posteriormente, un muchacho pasó
delante de cada persona con una vela y cada persona tenía que pasar su mano por
encima de esta y luego tocarse la cabeza y el pecho. Siguieron cantando hasta
que volvió a sonar la caracola.
Nos procedimos a sentar sobre unos cojines en otra parte de
la sala, a medida que pasaba el tiempo llegaban más personas, reconocía que
practicaban la religión ya que tenían atuendos representativos, se vestían con
un tipo de tela amarrada en la cintura. De igual forma, muchos hombres estaban
rapados. Íbamos a seguir cantando algunos mantras pues ellos aseguraban que
Krishna los escuchaba más por medio del canto y varias personas cogieron
diferentes instrumentos para acompañar el momento. Como estábamos en un círculo, nos dimos
cuenta de que varias personas éramos nuevas.
Terminada esta parte, un muchacho nos comenzó a hablar sobre
los libros sagrados de esta religión. Específicamente, habló del Bhagavad Gita
el cual se presenta en una forma de diálogo entre Krishna y un guerrero. Otro muchacho comentó que en este libro había
encontrado todas las respuestas a las dudas que se había hecho a lo largo de su
vida. De un momento a otro me di cuenta de que muchas de las personas nuevas se
habían ido y solo quedábamos mi amigo y yo con los practicantes del Hare
Krishna. Fue por esto por lo que cuando las personas explicaban algo nos
miraban a nosotros pues nos convertimos en sus invitados.
Lo que al principio tenía un ambiente formal, poco a poco se
fue convirtiendo en una charla. En medio de esta charla, vino uno de los
muchachos con comida, pues comer es la última parte de la ceremonia. La comida
era vegetariana y como nos explicaron era para alimentar el espíritu y no
interesaba si tenía un buen sabor pues lo importante era hacer una ofrenda
antes de comer para Krishna. Entre bromas nos contaban que para ser Hare
Krishna solo había que cantar, bailar y comer y el que estaba guiando la
ceremonia admitió que al principio él había comenzado solo para recibir comida
gratis.
Seguimos con la charla y varias personas nos comentaban sus
historias. Algunos habían nacido en la religión, sin embargo, la mayoría se
había convertido. Un señor de la tercera edad nos contó que él nunca había sido
religioso ni espiritual, simplemente se había concentrado en cosas materiales.
Sin embargo, en un momento comenzó a dudar del sentido de la vida y dice que
fue a través del Hare Krishna que se encontró a sí mismo. Luego nos contaron
que incluso había una monja que practicaba esta religión, pero que cambiaba el
Hare Krishna por el Hare Cristo. Fue muy interesante, ya que contrario a muchas
religiones, ellos no consideraban que tenían la verdad absoluta. Ellos admitían que Dios podía manifestarse en
diferentes formas y que cualquiera de estas formas eran tan validas como la de
Hare Krishna.
Mientras terminábamos de comer, nos preguntaron qué tal nos
había parecido la experiencia. Ambos dimos nuestra opinión y coincidimos en que
había sido algo diferente a lo que estábamos acostumbrados, que quizás en la
sociedad en la que vivimos vemos con escepticismo cualquier practica poco común
para occidente, sin embargo, admitimos que había sido una experiencia muy buena
y que indudablemente habíamos aprendido de esta. Personalmente esto me ayudo a
quitar los prejuicios enunciados al principio, comprendí que no necesariamente
era una religión machista, pues, aunque había más hombres en la ceremonia, no
se notaba ninguna diferencia en la forma en la que nos trataban. De igual
forma, aprendí que hay muchas cosas de nuestra sociedad que debemos cuestionar
como el etnocentrismo difundido por occidente.
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